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jueves, 5 de julio de 2018

MOMENTOS PARA DISCREPAR


RUIDERA, EL PROBLEMA; EDUCACIÓN AMBIENTAL, LA SOLUCIÓN


El ser humano es un ser de cuidado, dice Leonardo Boff, sin que ello signifique que debamos tomar este aserto en su sentido más peyorativo. Porque lo cierto es que los seres humanos tenemos que poner cuidado en todo: en el cuerpo, en la salud, en el amor, en las relaciones sociales, y por supuesto en la naturaleza.

Y aun estando de acuerdo en el hecho de que venimos a poner buen cuidado en todas aquellas cosas que atañen a nuestra propia persona, la cosa parece diferente con todo aquello que toca al común —lo que es del común, no es de ningún—, aserto éste último que parece tomar especial consideración cuando del cuidado de la Naturaleza se trata, porque si bien es cierto que para su cuidado y conservación se ha elaborado una ingente cantidad de legislación, también lo es que ésta no ha servido para salvaguardarla adecuadamente, toda vez que la lucha por la conservación no es un tema que pueda resolverse con leyes ad hoc, desligadas de los grandes problemas económico-sociales que afectan a la población. Así, pobreza y subdesarrollo devienen incompatibles con la conservación.

Pero con ser esto cierto, también lo es que las estrategias de conservación suelen avanzar a un ritmo de velocidad diferente según la situación económica y social del territorio y/o Estado del que se venga a tratar.

Bien, pues si esto es así, y el Estado español y su territorio configuran un espacio económico y social de derecho, plenamente desarrollado y con un nivel económico que nos sitúa dentro de la órbita de los países ricos del planeta, se supone que estamos capacitados para desarrollar políticas de conservación del patrimonio natural que permitan protegerlo y disfrutarlo sin poner en riesgo su traspaso a la generación posterior.

Y reconozco que se han dado pasos de gigante en este sentido. Pero también que persisten rémoras y lacras que no mantiene su correlato con la política que acontece a nivel nacional. Y el parque natural de las Lagunas de Ruidera es probablemente el paradigma que define esta situación: una vergüenza de gestión mantenida durante décadas por las sucesivas administraciones —nacional y autonómica— a la que nadie parece haber querido poner coto de una vez.


Ruidera, en la actualidad, es quizá el único parque natural del territorio español que goza de entrada libre, tanto para personas como para vehículos, posibilitando con ello una masificación en su uso imposible de soportar —en época estival pueden llegar a censarse más de ocho mil vehículos y veintitrés mil personas para una superficie de poco más de treinta y siete kilómetros cuadrados—. ¡Una exageración absolutamente demencial! ¡Cómo no se les caerá la cara de vergüenza a los responsables de esta gestión!

Y aun conociendo que ha habido responsables del parque ilusionados y bienintencionados que trataron de hacer lo que pudieron, al final su único recurso fue el de dimitir, aceptando con ello lo imposible de poder cambiar las reglas del juego que perviven por allí.

Sobre Ruidera pesan multitud de problemas, es verdad. Pero destacan sobremanera dos en especial: el político-social y el educacional. Dos problemas que se retroalimentan porque no se puede actuar sobre el primero —deslindes, limitaciones de uso sobre la gran propiedad, y un etcétera interminable—, si no se actúa antes y con gran interés sobre el tema educacional.




Porque lo primero que los ruidereños —también los usuarios— deberían conocer es el enorme valor medioambiental de “su” parque natural, Algo que hasta ahora no va mucho más allá de “cuanta más gente venga, mejor”. Educación ambiental masiva, pues, para la población, e intención política de “coger el toro por los cuernos” en relación a la trama económica asociada al poder de la gran propiedad, son dos bazas ineludibles en la actualidad.

Pero no una educación ambiental cualquiera. Hablo de buenos programas asociados al conocimiento de la historia y a las actuaciones de aprendizaje-servicio. Esto es, aprender haciendo un servicio a la comunidad capaz de orientar el talento y la creatividad hacia un compromiso social; invitar a los habitantes del entorno a implicarse en la solución de los problemas reales del mismo.

Proyectos de apadrinamiento de zonas por parte de instituciones y organizaciones sociales y colegios; proyectos de recogidas de datos relevantes; jornadas, seminarios, publicaciones, cursos, cátedras de investigación…, sacarían a Ruidera de esa necrosis que padece de vinculación al turismo de la tortilla y la masificación. En fin, soluciones tiene el actual problema. Otra cosa es que aquellos a los que les corresponda imponerlas no las quieran implementar. Y es que en el fondo lo que prima es el mucho miedo que los responsables tienen de perder “su sillón”.